Sueño que estoy en el mar y de pronto se levanta sobre mí una ola tan grande como una montaña de agua. Siento miedo y ansiedad. El muro de mar está ya tan cerca, que mi mejor alternativa es correr hacia ella y zambullirme dentro de sus entrañas antes de que la cresta rompa sobre mi cabeza. Contengo la respiración. Visión de espuma blanca. Incertidumbre y sacudidas. Emerjo a la superficie y algo ha cambiado en mí, me siento más tranquilo después de la inquietud inicial, como si hubiera entrado a otra dimensión. Me quedo flotando con el recuerdo de la ola, que pasó sobre mí tan cristalina, que al mirar hacia arriba pude ver dentro de ella una orca cazando a un cormorán.
¿Qué es el mar? me pregunto ya despierto. La interrogante esconde en sí misma la inmensidad de la respuesta. Podría estar toda una vida poniéndole palabras. El misterio del océano me parece más atractivo que las certezas que intenta venderme el mundo moderno. Pero como dice aquella letra de cumbia, me asusta pero me gusta.
—¿Por qué nos da miedo el mar? —Le pregunto a Ignacia Pino, coach ontológica y co-creadora junto a Vanesa Jara (profesora de educación física) del grupo Confianza Marina, un equipo interdisciplinario que se dedica al acompañamiento profesional de personas que quieren realizar su primer nado en el Océano Pacífico.
—Nos da miedo porque hay un desconocimiento, no se nos ha acompañado de manera pedagógica y educativa la conexión con el agua. (…) Cuando hago el taller traigo muy presente la emoción del miedo, porque es una emoción que nos cuida. En su lenguaje y traducción es una emoción que está todo el rato disparando alertas, nos está cuidando. Entonces cuando nadamos, vamos nadando en miedo, muy presentes y conscientes, con las alertas muy paradas, de quién me está pasando por al lado, de dónde está mi dirección, si voy centrada o no, dónde están mis compañeras, si está el agua muy fría, si se levantó el viento y quizás debamos devolvernos.
—Es curioso que en algún punto, después de meternos al mar, ese miedo desaparece ¿Por qué ocurre ese fenómeno?
—Sí, eso pasa. Llevándolo a lo personal, mientras más experiencia tienes ese miedo con tus nados se va diluyendo, desaparece y termina como en una abstracción total, como que ya no existe nada. Ni siquiera te acuerdas cómo te llamas cuando estás en el mar, eres parte de, ni siquiera recuerdas cuántos años tienes, si eres papá, mamá, hijo, hermana, esposa, esposo, como que te viene una amnesia, pero yo lo llamo esta conexión profunda con el todo, pasas a ser una cosa tan diminuta, pero que eres parte del todo.
—¿Por qué crees que el mar tiene esa cualidad sanadora?
—El agua salada del mar tiene una cualidad muy rica que te ayuda a la flotabilidad y además que está repleta de microorganismos, entonces estás flotando rodeada de cuerpos vivos, rodeada de vida (…) el mar además está en constante renovación, todo es dinamismo y renovación, y al nadar nos estamos regenerando con esa renovación.
Vanesa Jara es nadadora de aguas abiertas y quien guía la preparación física dentro del taller Confianza Marina. Comenta que las personas compartimos los mismos miedos al momento de entrar al mar porque no sabemos lo que vamos a encontrar. Nos da miedo que el agua sea demasiado fría, nos asusta la sensación de profundidad que da no ver el fondo, o el nervio de ver toda la vida marina que habita el agua cuando está cristalina. —Muchos piensan en los tiburones— agrega con una sonrisa. Por eso destaca la importancia de elegir una playa adecuada para meterse al mar y observar por donde entran y salen del agua los nadadores locales.
—Para nadar en aguas abiertas, las olas no deberían tener más de un metro de altura. Por eso se recomienda nadar bien temprano, cuando el mar está calmo y con poco viento. Ya entre las 12 y las 6 de la tarde se levanta el viento. El nado con viento requiere mayor manejo en el agua, porque si lo tienes a favor, avanzas rápido, pero de vuelta tienes las olas en contra, tragas más agua, braceas el triple y te cansas mucho más. Y si paras, el viento te hacer perder todo lo que avanzaste
Afortunadamente, existen aplicaciones que entregan un pronóstico preciso sobre la altura de las olas y los nudos del viento. Entre ellas se encuentra Marejadas UV, una plataforma desarrollada por Mauricio Molina (ingeniero civil oceánico de la Universidad de Valparaíso), que es una de las más utilizadas por los grupos de nado en aguas abiertas, ya que monitorea las condiciones específicas de varias bahías locales, entre ellas las de Quintero, Concón y Valparaíso.
— ¿Qué recomiendas antes de meternos al agua?
—En natación utilizamos casi todos los grupos musculares y es importante realizar una activación de cuerpo completo (sobre todo en invierno) antes de entrar al agua, con un ligero trote, con movimientos de brazos y piernas, con desplazamientos y estiramientos para evitar contracturas. También hay que activar el abdomen, mantenerlo firme, para evitar lesiones lumbares durante el nado.
—¿Y al salir?
—Después de nadar recomendamos no desabrigar la cabeza, ya que la mayor pérdida de calor corporal es por la cabeza. Cambiarse rápido, sacarse lo mojado, beber líquidos calientes y comer frutos secos.
—¿Cuánta gente ha realizado este taller?
—Hemos iniciado a más de 300 personas y más de la mitad sigue nadando: lanzarse al mar es un cambio de vida. Ya uno vive pensando en el mar.
Después de una larga conversación, nos despedimos y me quedo un rato mirando una grupo de peces pequeños que merodean los pilares del muelle. La risa de las gaviotas se mezcla con el sonido distante de las olas, y en el aire abunda el aroma salado de las algas de verano. No aguanto las ganas de volver a zambullirme en el misterio del océano.
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