La última recolectora de algas de Concón

La recolección, el secado, el amarre y la venta del cochayuyo en el camino costero es una tradición local que entrega identidad al balneario de Concón. Aún es posible ver, en el borde del camino, uno o dos puestos con amarres de esta alga ya dorada por el sol. Quiero saber quiénes han resistido el oleaje del progreso y sostienen aún este oficio casi tan antiguo como el mar. 

@jp-gimenez

De niño le pedía a mi mamá que nos volviéramos por el camino costero para ver a los vendedores de Cochayuyo de Concón. Se instalaban con un mesón hecho de tablitas donde exhibían sus atados de algas doradas por el sol. Las amarraban entre sí, utilizando los tallos más delgados para envolver al centro los más gruesos, como un canasto o un nido. Mi vendedor favorito era uno que vivía cañaveral adentro. No recuerdo exactamente en qué curva del camino, en una pequeña quebrada entre las dunas, estaba su casa escondida detrás de las puntas verdes de las cañas. Era posible intuirla por una huella que se internaba vegetación adentro y por donde yo me imaginaba caminando hasta su refugio secreto. Esto debe haber sido en el verano del 84, cuando aún no fusilaban a los sicópatas de Viña, el Topsy era la discoteca de moda y el Coco Loco cantaba por monedas sus versiones de los últimos hits. Ese invierno se desbordó el estero de Reñaca. Al año siguiente me fui de Chile y volví doce años después.

Ahora vivo en Concón y veo que casi no quedan vendedores de cochayuyo en el camino costero. No como antes. Es un oficio al borde de la extinción, como el afilador de cuchillos, el organillero y el vendedor de motemey. Por un tiempo observé estos trabajos con ojo romántico, como si yo estuviera en una dimensión paralela, protegido del oleaje del progreso. Pero el periodismo y la escritura comienzan a morir frente al avance caníbal de la Inteligencia Artificial, y me parece que vender atados de palabras es muy similar a vender algas, porque no se valoran, porque abundan y parece tarea fácil recolectarlas y dorarlas bajo el fuego del sol.  

Playa Los Lilenes, Concón. @jp-gimenez

¿Qué será de aquel vendedor de cochayuyo cuyo oficio yo admiraba en mi niñez? 

En playa Los Lilenes hay un anciano que vende a los turistas mallas de cochayuyo picado en trocitos. Se llama don Miguel y su pregón en voz baja marca cada sílaba de la frase con la misma nota.

Hay-co-cha-yu-yo-pi-ca-di-tooo. 

La “o” final se alarga y desaparece en la distancia, como el canto de un pilpilén que pasa volando.   

Me acerco a conversar y pregunto por su vida. Tal vez era él quien vendía cochayuyo en aquella quebrada cuya ubicación exacta no recuerdo. Pero a poco conversar confirmo que no, porque recién ahora vende cochayuyo, y recolectarlo nunca fue su especialidad. Lo suyo era pescar la jaiba, oficio que ya no ejerce porque a su edad es peligroso descender de noche por las rocas hacia el mar. Las vendía en un puesto de madera instalado al borde del camino, el mismo que ahora sirve de ruko a un vagabundo que junta cachureos y discute con gente invisible. Pero bajo la acumulación de ropa y peluches mojados, todavía se puede apreciar la antigua estructura de madera donde don Miguel colgaba en tiras las docenas de cangrejos. Los cazaba en esa misma costa, con un método que me describió con detalle, pero que no puedo revelar aquí porque son secretos de mar. Solo puedo decir que la trampa que pilla a la jaiba mora es su propia ambición, ya que cuando aprieta una presa, no la suelta hasta habérsela comido. 

Le pregunto si hay todavía recolectores locales de cochayuyo y me dice que sí, que aún quedan, más allá de Los Lilenes, hacia la Casa de Piedra, una construcción de 1955 que pareciera emerger desde la misma roca para asomarse sobre la rompiente del Océano Pacífico.  Me voy en bicicleta por el borde costero, que a esa hora del sábado está poco transitado, y una curva antes de llegar a la casa de piedra, junto al paradero de micros, veo un puesto con tablones de madera donde un hombre y una mujer venden luche seco y cochayuyo.  Me acerco para conversar y compruebo que detrás de ellos comienza una huella (ahora pavimentada) que sube cañaveral adentro hacia una casa escondida entre las cañas. 

Siguen aquí. 

El hombre me saluda afectuoso y con gran vitalidad. Le explico que busco a quién entrevistar para hablar sobre la recolección del cochayuyo en la zona. Él sonríe y se hace a un lado —ella es la persona —responde mientras señala a su prima. 

Me presento y le explico que tengo un podcast en Spotify donde publico entrevistas sobre la relación de la gente con el mar. Veo por su rostro que no entiende lo que es un podcast ni qué es Spotify. Simplifico. Me gustaría entrevistarla para una radio de Concón que se llama Cochayuyo. Ella muy cariñosa escucha toda mi parsimonia, pero me dice que no le gusta que le saquen fotos ni salir en cámara. Aclaro que la entrevista sería solo de audio, y que podemos hacerla donde quiera, ya que la grabadora que utilizo es portátil. Encantada con que sea solo sonido, acepta y acordamos hacer la entrevista ahí mismo en su casa, pero durante la semana, porque el sábado a la mañana es bueno para vender. 

La entrevista completa se puede escuchar aquí, junto con algunas gaviotas que nos acompañaron esa tarde y el sonido constante del mar. 

Verónica Carrasco tiene 71 años y es nieta de Dominga Palma, la primera mujer de su familia que se asentó en esta quebrada hace casi un siglo. Antiguamente el lugar se llamaba Las Cañitas, por la gran cantidad de cañas que hay en esta curva. De noche la duna era muy oscura y solo se veía la luna, las estrellas y se escuchaba la respiración del mar. Dominga vendía calas y cabritas, por eso la gente le llamó después a esa quebrada, las calitas o las cabritas. Llegó a vivir aquí cuando su hija (la mamá de Verónica) tenía 11 años. En la década del treinta, el camino costero de Concón se acababa de inaugurar oficialmente y era todavía una estrecha carretera panorámica por donde paseaban las pocas personas que tenían auto, quienes iban bautizando los lugares según lo que veían. El parque automotriz chileno tenía apenas 60 mil vehículos en ese momento y el Modelo A de la Ford, conocido como “burrita”, era uno de los más vendidos.    

Con el camino costero comenzó a consolidarse el balneario de Playa Amarilla y diez años después se inició en Montemar la construcción de la primera estación de biología marina de América Latina, que ahora es la facultad de Ciencias Marítimas de la Universidad de Valparaíso. Fue alrededor de esos años cuando el papá de Verónica empezó, junto a sus cuñados (los Marchanes), a recolectar y vender el cochayuyo en esta quebrada. Para 1968 ya se conocía oficialmente como Costa Brava y tenía fama de ser un camino peligroso. En una breve carta al director publicada en el Mercurio de Valparaíso el 11 de enero de 1968, un veraneante relata la escapada de un joven cuyo vehículo cortó sus frenos a la altura de Costa Brava y el auto se precipitó a los enrocados, salvándose él milagrosamente debido a que se lanzó a tiempo del vehículo en marcha.  

En la quebrada de Dominga Palma eran cuatro o cinco familias las que vivían del cochayuyo y el luche, productos que vendían en las ferias de Concón y Valparaíso. —A mí me gusta esto porque me recuerdo de los años de ellos, de los tíos, que trabajaban, que yo los veía como amarraban, siempre me gustó. Y cuando voy a la mar, me acuerdo de mi papá y de mi mamá. Por eso seguí, pero a veces me canso (…) ellos me dan fuerza desde arriba (…) yo creo que me voy a morir vendiendo cochayuyo —ríe Verónica al explicar por qué continúa con la tradición familiar. 

Su método no interviene el crecimiento de las algas, ya que sólo recoge aquellas arrancadas de las rocas por el fuerte oleaje de esa zona. Esta extracción sustentable se debe en gran parte a que ella no sabe nadar, y prefiere no aventurarse muy cerca del mar. Por eso las marejadas de verano son su mejor aliado, porque embisten los tallos y los dejan a disposición en la costa para ser recolectados. Esta es la parte más pesada del trabajo, levantar y arrastrar los grandes legajos de algas, que a veces están todavía en el agua, y sacarlos por los roqueríos hasta un lugar soleado, donde se estiran sobre las rocas o docas para su secado final. Por eso la temporada estival es de cochayuyo en Costa Brava, porque el calor permite amarillear bien las algas. La extracción del luche, en tanto, se realiza en invierno, porque esta alga marina cubre el lomo de las rocas que se asoman fuera del mar y en verano el calor las seca. Necesitan la humedad de las lluvias para mantenerse fresca. 

Costa Brava, Concón. @jp-gimenez

Verónica y sus dos hermanas nacieron en Costa Brava, pero solo ella continúa con la tradición familiar. Su primo la apoya en la labor pesada de la recolección y el dorado, pero ella todavía baja a los roqueríos a buscar las algas, ponerlas al sol y luego subirlas hasta su casa, donde las amarra y deja listas para la venta. La veo amarrar algunos fajos de algas. En sus hábiles manos pareciera algo sencillo. Dice que aprendió observando desde niña a sus tíos y a su papá, quien nunca le enseñó directamente, porque él prefería que ella estudiara e hiciera su vida. Le pregunto si alguien más de su familia quiere continuar con la recolección del cochayuyo, y dice que no, que allí en Costa Brava solo queda ella y Jaime Ponce, un señor que se crio igual que ella y que ahora vende sus algas una curva antes. Vive en Caleta Higuerillas.   

Luna nueva en Costa Brava, Concón @jp-gimenez

—El mar es muy lindo, muy lindo. Yo siempre en las mañanas saludo al mar. Por todas las cosas que tira, por todo lo que nos da— dice Verónica hacia el final de nuestra conversación. Su voz brilla cuando habla sobre sus recuerdos de infancia en esta quebrada, y por un instante puedo sentir a sus tíos subiendo por las escaleras del cañaveral cargando los bultos de algas, sus pisadas firmes en cada peldaño, sus risas porque la recolección estuvo buena, porque hay alimento para las familias, las niñas y niños crecen felices donde la abuela Dominga, que cría cabritas y los Marchanes y los Carrasco secan y venden el cochayuyo dorado por el sol.   

Texto y fotos por José Pablo Giménez Cajtak, editor de Radio Cochayuyo